lunes, 1 de febrero de 2010
Grizzly man
Hay películas que parecen documentales. Está es una de ellas. Werner Herzog en su habitual línea nos relata una historia donde se difumina la frontera entre la lucidez y la estupidez, entre la locura y el idealismo. Es la historia de Timmy Treadwell, un personaje casi surrealista: positivo y solitario, feliz e incomprendido.
Es un viaje a los adentros-quizá en una trampa de Herzog- de una personalidad que conforme avanzas va mostrando sus escarpados picos de soledad. Treadwell, un hombre que vivó 13 veranos en Alaska con los osos es un outsider, un renegado de la sociedad no por voluntad sino por necesidad. Los animales son sus verdaderos amigos-en su cabeza- y Alaska es su verdadero hogar.
Herzog a modo de documental-que luego se desvelará para meter su propia visón del mundo- cuenta la historia de este raro humano. Las imágenes son del material original que Treadwell tomó en sus 13 veranos que convivió con estos osos y zorros. Y en cada una de ellas vemos al idealista Treadwell hablar de sus miedos, de sus inseguridades, de sus paranoias, de sus sueños. El director alemán no responde a la disyuntiva que se planteó en su tiempo de si estaba bien o mal, no, a él no le interesa juzgar sino comprender, y se siente identificado con este perdedor social que le evoca la decadencia de un poder social establecido y nos muestra a un ser elienado en el génesis de su locura.
En algún momento, el director de Aguirre, la cólera de Dios yuxtapone su visión de la vida-oscura y pesimista- sobre la visión de Treadwell-idealista y pura-. Es una película-me niego a hablar de documental pese a todas las similitudes- original, triste y asfixiante que nos muestra hasta dónde se puede llegar cuando se ha perdido la fé en el mundo social.
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