¿Quién no quisiera empezar de nuevo, sin remordimientos o recuerdos dolorosos del pasado?
Supongo que la respuesta tendrá sus pros y sus antis, como todo en esta vida; pero la pregunta es interesante sea cual sea nuestra postura. Un mundo donde nuestros pecados y penitencias sean borradas de un plumazo, como si de un borrador se tratase, es maracilloso, es cierto, también se borran las victorias y alegrías, pero aceptémoslo, la vida es más sufrimiento que felicidad, nuestras frustraciones como proyectos fallidos que somos, nos embarga y nos condiciona.
Bueno, esa es la premisa con la que nos cuestiona el fabuloso Aki Kaürismaki, con su joyita A man without a past. Un hombre llega a la ciudad y es brutalmente apaleado por malillas. Dado por muerto, revive en una escena muy a lo Bresson y va a parar a las orillas pobres de la ciudad. Desde aquí, el genial director finlandés va construyendo su relato, fiel a su estilo, con personajes tan únicos y entrañables que resultan difícil creer, con un humor negro, irónico, sarcástico y peculiar que uno no puede evitar tener una sonrisa tonta todo el metraje.
Minimalista eterno, con los diálogos escuetos, con una cámara más estática que otra cosa, la trama nos enseña las viscitudes y también la nobleza de esos olvidados de las sociedades capitalistas, los que viven en contenedores, los que van viernes a viernes a comer en la beneficencia religiosa, los entregados a la vida ahogada. Pero lo que podría predecirse como drama, con Kaürismaki se convierte en una oda de humanismo, una alegoría a la vida simple, sin los compromisos materiales, todo basado en las relaciones humanas que dan como resultado amistad y amor. La gama de colores, la composición perfecta de los planos y la excelente banda sonora, cargada de una melancolía in extremis, dota a la película de una genialidad y una facilidad ya olvidada.
Nuestro héroe o anti héroe o protagonista, se eleva como un mesías en los problemas sociales que azota de forma velada al estado de bienestar europeo, como lo hace la mirada de Aki en su crítica fina y despiadad hacia los entramados burocráticos que olvidan que lo primero es la persona no importando su nombre, nacionalidad o condición y se pierden en un mar de contradicciones que van en contra del espirítu teórico que supuestamente defienden. Así, la sociedad y sus organizaciones se ven atacadas con belleza y excentritud, sin concesiones por el fabuloso guión del hombre sin pasado.
Y es que el pasado vuelve con fuerza para recordarnos qué éramos, y sirve de ancla para estancarnos en una espiral de la cuál es difícil de salir, porque la condición humana así lo dicta. Parecido a Jarmush, la cámara del finlandés no recoge los tiempos muertos sino que los esconde, dotando a su filme de una fuerza más directa que no da permisos al espectador.
Sin duda, una película inclasificable que nos habla desde el interior del ser humano y que recorre ambas direcciones: el lugar del ser en el mundo y el viaje de uno mismo hacia su propia conciencia.
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