miércoles, 15 de agosto de 2012

Lo postMessi

Messi toma la pelota, desborda a 2 ó 3 (a la mejor más: con él, los números de rivales se vuelven un mero dato) y dispara cruzado venciendo al arquero. Esa acción se repite tantas veces a lo largo de la temporada (y sin contar las asistencias, los palos, la vuelta a empezar) que uno cree que es parte del fútbol tradicional, que existen otros jugadores capaces de hacerlo. Pero no, el verdadero secreto del fútbol nació y morirá con Messi. Es el silencio messiánico (hasta su nombre parece profético, una de esas sincronía borgianas).

El aficionado que sigue más o menos de forma sostenida al Barcelona en general y a Messi en particular ya está tan acostumbrado a los slaloms, a las jugadas imposibles del pequeño argentino que no se da cuenta que él es la excepción a la regla. Cierto es que los arrebatos mágicos de Lionel son tan perfectos y pulcros que parece que asistimos a la exhibición de un jugador de videojuego y que quien lo controla es uno de los programadores. Ya ni nos emocionamos, lo damos por hecho como si sus hazañas se equipararan con dar un simple pase de 5 metros sin presión rival alguna.

El fútbol como todas las cosas está en constante evolución, factores los hay a montones: cambio de reglas, innovación en los sistemas, mejoras a los métodos de entrenamiento, equipos adelantados a su época. Así, encontramos a los húngaros y sus 5 delanteros, el Brasil de los cinco 10's, la escuela de Rinus Michels (devenida en el cruijfismo) y su fútbol total, el catenaccio italiano (epitomizado en el gran Scirea), la institucionalización de la cultura del trabajo de Sacci y por último la estética guardiolista, la vanguardia que une la estética, ética y trabajo. Es la evolución orgánica del fútbol, representada por las diferentes escuelas, conceptos y formas de verlo. Messi entraría en el equipo de Guardiola (ese raro híbrido que se atreve a mezclar dos formas de trabajo antagónicas y crea un producto sublime), sin embargo, a mi gusto, Messi es por sí solo otro factor para acelerar la evolución del fútbol. Es una categoría aparte. Si el Barcelona de Guardiola vino a darle un nuevo aire, Messi ha venido a condicionar a todos los rivales. Aunque Barcelona y Messi parecen indisolubles el uno del otro, la historia los marcará como dos entes diferentes que en cierto punto se cruzaron en el mismo camino para lograr el equipo perfecto. Un accidente feliz.

Messi, en el contexto futbolístico, viene a ser una nueva escuela, un nuevo movimiento, una nueva etapa. Curiosamente su caso es endémico: empieza y termina con él. Es la serpiente infinita, que se fagocita a sí mismo.

Desde los medios hay una búsqueda vulgar de compararlo con alguien, de crearle un antagónico que pueda poner en riesgo la dimensión del rosarino y así seguir su objetivo de vender más, de crear polémicas falsas con la cual sobrevivir al sistema. Ya se ha institucionalizado que Cristiano Ronaldo cumple con el rol del competidor, incluso hay quien lo pone en el mismo escalón. Va a ser que no. Aquellos locos que realmente creen que el portugués (un crack, no cabe duda) está al nivel de Messi, es porque en esta realidad el pragmatismo tiene la batalla más que ganada. En un mundo ideal no habría siquiera debate (así de abrumador es).

Y aquí es donde yo me subo al altar de los mártires (perdonen la licencia): a quemarme en favor del bien común y estético del fútbol. Después de mucho pensarlo, analizarlo y discutirlo en mi fuero interno, he decidido que cuando Messi se cansé de ser futbolista, yo dejaré de ver fútbol. No hay mucho qué hacer. Es un acto sin relevancia, inerte a todas luces pero que simboliza (para mí) una coherencia a los ideales más frívolos.

Su timorata mirada, su falta de carisma, su flemática conducta; todo se evapora cuando entra a la cancha. Dicen que los ojos son la ventana del alma, basta verle su mirada cuando el partido (cualquiera) empieza para ver que se ha convertido en un animal, en un depredador, que él está en la cima de la pirámide evolutiva futbolística y que desde esa cima, él rige el mundo del balón con la paradójica sensación de los genios: su talento es tan natural y único que él disfruta jugando a patear el balón, no necesita declaraciones incendiarias, peleas absurdas, gestos egomaniacos para ser el mejor: su inocencia es su ley; probablemente él nació para ser futbolista y dejarnos lo complejo de vivir al resto del mundo.

Da miedo pensar en el fútbol POSTMESSI, es decir, el de toda la vida, el de los Ronaldos, Henry, Zidane, Iniesta, Van Basten. Fútbol de altísimo nivel pero que jamás alcanzarán la magnitud de ese chico de Rosario que un día decidió probar suerte con una pelota. Y no hablo de decadencia, el término Postmessi es más bien ambiguo, porque a pesar de que en su forma más simplista (cuando Messi se retire) también tiene ciertas ramificaciones inherentes, la más obvia: lo postmessi como la evolución del fútbol, una interpretación trágica pues de antemano, se sabe que no habrá otro como él y que sólo en su periodo de futbolista activo, vamos a poder disfrutar de esta modalidad del fútbol.

domingo, 29 de mayo de 2011

...

Arde todo. Viendo la final de Champions no pude más que llorar. No soy de lágrima fácil pero el partido de ayer fue más allá de un mero evento deportivo. Alcanzó cotas de arte, de sublimación de un estilo. Ballet, performance. La única respuesta era llorar de alegría, de sentirse satisfecho, de culminar un todo.

Y todo ardió. Horas antes la lucha del orgullo, la pelea por unos sentimientos que no se reconocen a uno mismo, de insultos volando como cuchillos, de golpes sin intención. Arde todo. La misma cantaleta y la misma muerte diaria. La victimización como respuesta entera, como modus vivendi, modus operandi. Pero todo esto tiene un destino.

Encontrar en el mundo pequeños minutos-sí, hay pequeños minutos- para descontrolarte internamente en una avalancha de posesiones interminables, incorregibles, perfectas. El fútbol como eje distractor de nuestras miserias, de mis condenas. Enlace común con gente que detestaría. Fuerza irracional que actúa y responde a la lógica de la evasión. Y fue perfecto, la sensación de descansar en vida, de detonar el olvido en todo lo que no podemos separar de nuestra memoria. Eso es el fútbol, un dispositivo primitivo de alejarnos de esta muerte cotidiana, costumbrista, enarbolada en la vanidad suprema.

Y luego, cuando esto está escrito viralmente en cada uno de nosotros, aparece ese mágico equipo, producto final, hibridación del deporte como arte y del arte como deporte. No hay duda, ni la nostalgia del tiempo inherente en los seres humanos, ni las poses subversivas pueden generar efectos negativos, porque hay un solo juez, el tiempo, que decide qué es lo que pasa. Y ayer ocurrió que la historia no se refiere sólo a un pasado enredado, sino a un presente único, celestial, divinidad eterna. Eterno. Equipo eterno.

miércoles, 19 de enero de 2011

No limits, no control



Puede ser que la película de Jarmusch se etiquete como un ejercicio vacuo y de esteticismo sin sentido. Puede ser. Pero el cine de Jarmusch siempre se rige bajos las mismas normas, que no son otras que las suyas. El silencio, la música como eje no sólo ambiental sino narrativo, el simbolismo en cada toma, las elipsis tan marcadas, la narración episodica y, sobre todo el ritmo tan pasivo son los rasgos comunes de la filmografía de este tótem del cine independiente.

Limits of control es-como dijera mi mejor amigo- un lienzo en blanco donde cada espectador puede plasmar lo que quiera. Lo indica el mismo Jarmusch repetidamente: "el universo no tiene centro ni bordes". Es, también, su apuesta más arriesgada, al mismo tiempo una íntima revisión al cine de género negro como una reflexión acerca del cine y su narración, del arte y su olvido.

It's a matter of perspective. Subjective- dice en francés un negro mientras esperan en el aeropuerto.

Sería futil de mi parte dar la interpretación que yo le doy a la película, sería una contradicción a lo que hasta aquí he dicho. Tampoco puedo decir que la recomiendo. No es de las películas que uno recomiendo porque puedes terminar perdiendo amistades.

Creo, sin embargo-y enfundado en la argumentación posmoderna del yoísmo- que es una película mayor, un juego de interacción entre las imágenes y el espectador. Porque en algún punto nos perdemos observando El violín de Juan Gris mientras el protagonista, estoico, lo observa junto a nosotros.

Queda decir, que la parte final es de una belleza y un desenlace brutal que da sentido a todas las ilusiones, imaginaciones y teorías que pudiéramos tener.

No limits, no control.

domingo, 17 de octubre de 2010

In the mood for love




Mi película favorita. Por todo lo que representa, por todo lo que hace, por todo lo que es. Los ralentís casi exagerados, el uso del Yumeji's theme hasta el paroxismo, los boleros cantados por Nat King Cole. Los fuera de escenas tan sugerentes, el humo del cigarro que representa la temporalidad. Los encuadres vouyeuristas buscando el lugar esencial de una realidad que nunca parece concretarse. Un genial Tony Leung que pese a no decir en palabras muchas cosas y con su semblante casi lacónico logra una caracterización brutal, más allá de lo natural, de lo humano.

Pero sobre todo Maggie Cheung. Con su cara angelical, con sus manierismos, con sus ojos recelosos, por su voluntad a la soledad con su fuerza moral que la arrastra al infierno. Historia de espejos, de fractales, de matices intensos que se paladean aún meses y años después de verla. Historia de juegos de identidades, casi laberínticas, casi ciegas de pasión, de retención, de amor discriminado.

Wong Kar Wai obliga al desnudo del espectador con el desnudo de sus personajes. No se puede observar como una película más, con la cabeza atada al pecho. Se debe ver con el corazón en la mano y la sangre de éste goteando por todo el piso, con las lágrimas incesantes, con la piel queriendo y deseando amar.

Porque es aquí donde nace la memoria, la nostalgia, la melancolía. Aquí es donde el pasado gana su fuerza eterna de ser el mejor tiempo o más bien, el único tiempo por el que vale vivir. Cada mirada cruzada a la nada, como si la disonancia fuera la ley de la vida, cada gesto corporal contiene una carga de emociones imposibles de describir con palabras, porque la vida no es palabra, no es verbo, no es sólo voz. Y ya cuando sumergidos en una melancolía impenetrable, casi asfixiante, nos viene un golpe que es muerte por su cruda realidad: la desilusión como ente y motor de nuestra existencia. La desilusión como el deceso de nuestros sueños y de nuestro futuro.

Sólo queda vivir en la huida constante y paradójicamente en el pasado absorbente.

jueves, 1 de julio de 2010

No quiero amar






Los 4 metros que te separan del agua, en aquél muelle anónimo y que un impulso ajeno-tú sabes que no- te oblige a saltar y hundirte y luego a salir y sobrevivir. Lo intentas luego a través de la creación de otro mar, éste rojo. Nada. Vives el infierno de la nada. Un recuerdo distante, bello y cruel a la vez. Todo. El amor es una maldito.

Eso podría ser el intro para Two lovers (James Gray, 2008), drama romántico o romance dramático que se desenvuelve bajo una New York fría, gris; que evoca una nostalgia demoledora. A partir de estas atmósferas, Gray crea una historia arquetípica, común, choteada. Sí, el manido trío romántico.

Pero esta historia mil veces contada, con Gray y sobre todo con Joaquin Phoenix toma muchísimos matices: una mirada, una foto, una sonrisa a medias o un llanto nunca visto. El amor como locura, como posibilidad caótica; como impulso transgresor; o el amor como estabilidad, como dependencia, como rutina a trabajar.

Situaciones, siempre situaciones. Similar a Match Point en el trato del triángulo y a Vértigo en la trama, Two Lovers se desenmascara como un cuento fatalista, una alegoría a la resignación, a una verdad espeluznante. Arriba del techo, como dos extraños Leonard y Michelle(pensé nunca verlo pero...gran Paltrow) tragándose una vista maravillosa de algún paisaje urbano. Todos somos melancolía. Y mientras en su cuarto, por teléfono hablando con una poderosísima Sandra, siempre con sonrisas, nunca bipolar.

La melancolía colapsa todo, las falsas esperanzas, las ganas del suicidio, las inversiones de tu familia y tu futuro, sólo tu futuro. Pero en esto de la vida, todo tiende a la tragedia. El amor no es bohemio, no es nihilista. El amor depende de azar, de casualidad, de idiotas.

Se resigna.

miércoles, 3 de marzo de 2010

La eterna melancolía del tiempo




Ver Synecdoche, New York fue una de esas experiencias traumáticas, donde tu cabeza se desprende y camina, y gira y grita y te desconoce. Una experiencia alienante, delirante, perturbadora y sobre todo confusa. Te obliga verla bajo el velo de la noche, sumergido en la soledad más aberrante y por ende, más compasiva. Te invita a exiliarte del mundo, de olvidar los retrovisores, de que te envuelvas en su humor y su angustia. Te individualiza.

Mi experiencia es una coincidencia-¿o quizá una consecuencia?- casi divina donde el tiempo, el humo y la oscuridad se mezclaron. Al final, por razones ajenas a mí, terminé llorando después de vivir angustiado. Cuento rápido mi odisea:

Soy un control freak del tiempo cuando veo las películas. No paro de ver el cronómetro: los segundos, los minutos, cada cambio en cada escena. La película iba inusualmente lenta, tras una hora, apenas marcaba 28 minutos, 28 minutos que se habían tatuado en mi mente. Y es que el tiempo es relativo, pensaba. La película continuo y continuo, y el reloj del DVD apenas marcaba 59 minutos. Otra vez, el tiempo es relativo, pensé con absurda certidumbre. Y se terminó la película, con apenas 71 minutos de metraje.

Puta madre, puto tianguis, no vuelvo a comprar allí- dije con furia contenida y con lágrimas que salían de algún lugar lejano a mi. Me levanté, fui a orinar y cuando vi el reloj ví que eran las 12:52. Había empezado a ver la película a las 9:40...

El tiempo no es tan relativo, pensé. Como el pétalo que se deprende de un cuerpo que muere, como el desnudo de una hija o como el desvanecimiento de nuestra vida a través del tiempo. La segunda tiene que ver que, por azares de mi pensamiento decidí fumar en mi cuarto y me mareé tanto que la película cobró un sentido tan vivo y real que no pude ser yo.

Podría decirles que la película es auto referencial, un meta relato, una historia que toma conciencia de su propia esencia y que se relata a través del cine, lo que la hace otra vez autoreferencial.

Podría decir que Charlie Kaufman es una persona tan contradictoria, tan densa, tan cómicamente nostálgica que lleva a cabo todas las constantes de sus antiguos guiones al paroxismo de la ambición. Podría decir que la película es inentendible, que es tan abierta a interpretaciones como pobres hay en México, que es una película acerca del tiempo, de las relaciones amorosas, del bloqueo creativo, de la familia y del pasado que nos encierra en surrealistas modos.

Pero no puedo, no debo y no creo que deba hacerlo. Esta película,más allá del lugar común de "una película sobre la vida"-y la muerte-es un retrato etéreo-valga la incongruencia- de lo absurdo, subjetivo y relativo que es el tiempo y por extensión, la existencia humana. Es una obra maestra-a mi gusto-, densa como pocos y tratada con una sensibilidad y una poesía al alcance de muy pocos. Es el aleph cinematográfico.

Synecdoche-sinécdoque en español- aparte de ser un juego de palabras de la película, es un título que refleja tanto en tan poco. Es la película de todos nosotros, habida y por haber.

lunes, 1 de febrero de 2010

Grizzly man



Hay películas que parecen documentales. Está es una de ellas. Werner Herzog en su habitual línea nos relata una historia donde se difumina la frontera entre la lucidez y la estupidez, entre la locura y el idealismo. Es la historia de Timmy Treadwell, un personaje casi surrealista: positivo y solitario, feliz e incomprendido.

Es un viaje a los adentros-quizá en una trampa de Herzog- de una personalidad que conforme avanzas va mostrando sus escarpados picos de soledad. Treadwell, un hombre que vivó 13 veranos en Alaska con los osos es un outsider, un renegado de la sociedad no por voluntad sino por necesidad. Los animales son sus verdaderos amigos-en su cabeza- y Alaska es su verdadero hogar.

Herzog a modo de documental-que luego se desvelará para meter su propia visón del mundo- cuenta la historia de este raro humano. Las imágenes son del material original que Treadwell tomó en sus 13 veranos que convivió con estos osos y zorros. Y en cada una de ellas vemos al idealista Treadwell hablar de sus miedos, de sus inseguridades, de sus paranoias, de sus sueños. El director alemán no responde a la disyuntiva que se planteó en su tiempo de si estaba bien o mal, no, a él no le interesa juzgar sino comprender, y se siente identificado con este perdedor social que le evoca la decadencia de un poder social establecido y nos muestra a un ser elienado en el génesis de su locura.

En algún momento, el director de Aguirre, la cólera de Dios yuxtapone su visión de la vida-oscura y pesimista- sobre la visión de Treadwell-idealista y pura-. Es una película-me niego a hablar de documental pese a todas las similitudes- original, triste y asfixiante que nos muestra hasta dónde se puede llegar cuando se ha perdido la fé en el mundo social.