domingo, 29 de mayo de 2011

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Arde todo. Viendo la final de Champions no pude más que llorar. No soy de lágrima fácil pero el partido de ayer fue más allá de un mero evento deportivo. Alcanzó cotas de arte, de sublimación de un estilo. Ballet, performance. La única respuesta era llorar de alegría, de sentirse satisfecho, de culminar un todo.

Y todo ardió. Horas antes la lucha del orgullo, la pelea por unos sentimientos que no se reconocen a uno mismo, de insultos volando como cuchillos, de golpes sin intención. Arde todo. La misma cantaleta y la misma muerte diaria. La victimización como respuesta entera, como modus vivendi, modus operandi. Pero todo esto tiene un destino.

Encontrar en el mundo pequeños minutos-sí, hay pequeños minutos- para descontrolarte internamente en una avalancha de posesiones interminables, incorregibles, perfectas. El fútbol como eje distractor de nuestras miserias, de mis condenas. Enlace común con gente que detestaría. Fuerza irracional que actúa y responde a la lógica de la evasión. Y fue perfecto, la sensación de descansar en vida, de detonar el olvido en todo lo que no podemos separar de nuestra memoria. Eso es el fútbol, un dispositivo primitivo de alejarnos de esta muerte cotidiana, costumbrista, enarbolada en la vanidad suprema.

Y luego, cuando esto está escrito viralmente en cada uno de nosotros, aparece ese mágico equipo, producto final, hibridación del deporte como arte y del arte como deporte. No hay duda, ni la nostalgia del tiempo inherente en los seres humanos, ni las poses subversivas pueden generar efectos negativos, porque hay un solo juez, el tiempo, que decide qué es lo que pasa. Y ayer ocurrió que la historia no se refiere sólo a un pasado enredado, sino a un presente único, celestial, divinidad eterna. Eterno. Equipo eterno.