Los 4 metros que te separan del agua, en aquél muelle anónimo y que un impulso ajeno-tú sabes que no- te oblige a saltar y hundirte y luego a salir y sobrevivir. Lo intentas luego a través de la creación de otro mar, éste rojo. Nada. Vives el infierno de la nada. Un recuerdo distante, bello y cruel a la vez. Todo. El amor es una maldito.
Eso podría ser el intro para Two lovers (James Gray, 2008), drama romántico o romance dramático que se desenvuelve bajo una New York fría, gris; que evoca una nostalgia demoledora. A partir de estas atmósferas, Gray crea una historia arquetípica, común, choteada. Sí, el manido trío romántico.
Pero esta historia mil veces contada, con Gray y sobre todo con Joaquin Phoenix toma muchísimos matices: una mirada, una foto, una sonrisa a medias o un llanto nunca visto. El amor como locura, como posibilidad caótica; como impulso transgresor; o el amor como estabilidad, como dependencia, como rutina a trabajar.
Situaciones, siempre situaciones. Similar a Match Point en el trato del triángulo y a Vértigo en la trama, Two Lovers se desenmascara como un cuento fatalista, una alegoría a la resignación, a una verdad espeluznante. Arriba del techo, como dos extraños Leonard y Michelle(pensé nunca verlo pero...gran Paltrow) tragándose una vista maravillosa de algún paisaje urbano. Todos somos melancolía. Y mientras en su cuarto, por teléfono hablando con una poderosísima Sandra, siempre con sonrisas, nunca bipolar.
La melancolía colapsa todo, las falsas esperanzas, las ganas del suicidio, las inversiones de tu familia y tu futuro, sólo tu futuro. Pero en esto de la vida, todo tiende a la tragedia. El amor no es bohemio, no es nihilista. El amor depende de azar, de casualidad, de idiotas.
Se resigna.